Cama redonda

Tirado en el suelo, con la espalda contra la pared y desgreñado de arriba a abajo, maldecía cada paso que no era capaz de dar tras ella. Pensó que lo primero que debería hacer nada más levantarse habría de ser afeitarse, ducharse y vestirse como un ser humano; pero desde luego no inmediatamente. Echó una ojeada al reloj y descubrió que ya había pasado una hora desde la última vez. Se sentía ridículo allí sentado, impávido, clavado literalmente al suelo y espectador de una soledad que él mismo se había buscado. Tres días, tres largos días desde que ella le dejó y lo único que había conseguido en todo ese tiempo era dar vueltas por toda la casa interpretando una alegría que no sentía, un alivio que no terminaba de llegar y un desahogo que a esas alturas, le parecía muy mal ganado. La casa se había vuelto repentinamente grande, colosal, y no encontraba su lugar en ninguna parte. La noche anterior acabó allí, en aquel rincón del pasillo donde durante horas podía imaginar que ella saldría del dormitorio, o de la ducha, y pasaría por allí por cualquier causa para preguntaría qué caracoles hacía así. Él se levantaría y la seguiría adonde fuera. Todo volvería a ser como antes. Especular con esa posibilidad le hacía sentirse completamente feliz.

Metió la mano en el bolsillo de la camisa y al desplegar aquel trozo de papel rosado fijó su atención en las letras al pie de página. A ella le gustaban esos detalles, en su escritorio todo estaba marcado con sus iniciales. Su pluma, el papel, los sobres, el sinfín de lápices de colores… su diario. Meses atrás él se atrevió a leerlo. Fue una casualidad, atravesaba la habitación en dirección al vestidor y lo encontró tirado despreocupadamente sobre la cama. Supuso una tentación demasiado grande, sabía que pasaba largas horas escribiendo en él y que también habían sido muchas las veces en que había rechazado su compañía para refugiarse en esas páginas, algunas veces hasta bien entrada la madrugada y sollozando al acostarse como si acabaran de sentenciarla a muerte. Sentía una gran curiosidad y no reparó en saciarla. Encontró pasajes muy interesantes referidos al apetito sexual de ella en triste comparación con el suyo, que por añadidura, creyó humillado. Párrafos pecando de pensamiento o de escrito o de hecho, pasando página sin conseguir finalmente despejar esa incertidumbre; y una vez calmada su curiosidad, hoja tras hoja, un terrible solaje del que apenas le costó impregnarse fue creciendo en intensidad sobre las retinas del usurpador. Encerrada en aquellas letras encontró a una mujer sola, vencida, abandonada. Despreocupadamente confesa. Se dio de bruces con una extraña que parecía estar sufriendo a su lado. Amargamente incluso. Acusándole de un abismo que se abría entre los dos. Insalvable, terrible, irrecuperable. Sorprendido, detuvo la lectura, le parecía mentira estar leyendo todo aquello, y más viniendo de ella. Él no había notado nada extraño en su relación, bueno en realidad sí, pero solo pequeños detalles: alguna reticencia, algún mohín, alguna desgana que disculpaba a las señoras y las volvía aún más encantadoras. Sintió un peso terrible sobre lo hombros y una sequedad de garganta que amenazaba con asfixiarle, su mundo se le venía encima. Abatido y cabizbajo, abandonó la lectura y cumpliendo con su obligación, acabó de vestirse y salió hacia el despacho.

Durante los días que siguieron a la insensata ojeada, se alejó conscientemente de su mujer. Pasaba el tiempo esperándola en su lado de la verdad, creyéndola incapaz de sentir todo aquello que había visto reflejado en su diario. Poco a poco se fue cerciorando que el abismo era real. Cuanto más esperaba, más negro e insalvable se abría. Sentado en la otra punta del mundo, la miraba y cada vez la comprendía menos. ¿Qué había sido de su compañera, de la que parecía caminar a su sombra, la que hacía más liviana su pesada carga con trivialidades y chiquilladas a deshora? ¿Qué le habría llevado a ese estado? Desde luego él no había tenido nada que ver, de eso nada, eso eran cosas de ella. Barbaridades. Había pocos maridos como él: tan trabajador, tan abnegado y entregado, tan consciente de los sacrificios que una vida como la suya requería. Sabría cómo poner fin a aquel melodrama. No permitiría que ella abriera la boca para culparle de algo, para humillarle como hombre, como esposo, como nada. ¿Dónde le dejaría eso ante sus amistades, en el despacho ante sus compañeros y superiores, ante mamá? Se adelantaría. Vaya si lo haría. Pero antes quería cerciorarse, echar un nuevo vistazo al diario. Ciego de orgullo, con todas las horas de esforzadas jornadas de trabajo hirviéndole en las venas y herido en lo más hondo por tan ingrata recompensa, devoró decenas de páginas hasta que dio con la solución.

Puso un anuncio en el periódico buscando amistad y posibles relaciones, eso sí, serias, por parte de una señora de buena posición con señor enamoradizo y galante sin reparos económicos. Comprometió a un fulano y se reunió con él en una cafetería de las afueras. Le habló de su mujer, de lo que pretendía. Quería que la enamorara, que la hiciera abandonar la casa, que la llevara lejos, a un lugar que él mismo compraría y si hiciera falta, mantendría. Al pelado se le hizo la boca agua en cuanto vio la fotografía y no dudó un instante en coger el talón. Después, le ayudó día tras día a conquistar a su mujer leyendo en el diario las impresiones que ella iba sacando tras cada encuentro y mejorando paulatinamente la actuación del amante. Llevándole, guiándole, trazándole la ruta adecuada al corazón de su esposa. Hasta que se la entregó por completo. Hasta que un buen día, fingiendo salir de viaje, les espió mientras hacían el amor en su propia cama, cama que ante sus ojos sufrió una mutación geométrica y se tornó redonda.

Y al final, la nota "…querido, soy muy feliz. No trates de buscarme. Cuídate…".

Volvió a doblarla y la guardó de nuevo en el bolsillo. Después se incorporó, por fin, y deambuló arriba y abajo por el pasillo. Llegó al dormitorio y apoyándose en la manivela, abrió la puerta con miedo como si por ella fuera a escaparse un demonio. Lo que más le aterraba era encontrarla vacía. Lo estaba. Allí no había nadie. Sobre la mesa estaba el diario, la muy inconsciente lo había olvidado. Se sintió vencido y la casa acabó por caérsele encima cuando al tirarse sobre la cama, restos de perfume bañaron su rostro castigándole de tal forma, que un dolor que le nació en la boca del estómago le partió el pecho por la mitad hasta salírsele por la boca en forma de desgarrada pena.

En un primer arrebato corrió a la mesa de su despacho. Cuando forcejeaba con el tercer cajón, y mientras maldecía aquella cerradura cayó en la cuenta que lo había quemado todo la noche en que ella le abandonó. Los billetes de avión, los resguardos, los teléfonos de contacto. Recordó las botellas de vino, las risas, el alivio, la alegría, el fuego. Recordó cómo por encima de todas las llamas brillaba su orgullo. Radiante, espectacular, victorioso.

Y ya no quiso recordar más.

Martes, 14 de Diciembre de 2004 17:09. [ + ]. Tema: A golpe de tecla.

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Autor: Anónimo

Algo muy bonito, y con un talento espectaular a la escritura...un saludo

Creo que a través de la razón se puede encontrar una mejor vida

http://www.blogia.com/newlife/

Otro mundo es posible

Fecha: 14/12/2004 17:15.


Autor: Mobile

Hombre, le agradezco el gesto navideño pero ni yo misma (y creo que siquiera mi madre) soy capaz de atribuirme adjetivos como "espectacular".

En cualquier caso, ha sido muy amable por la visita y por su tiempo.

Gracias, :-)

Fecha: 29/12/2004 16:18.


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